Diez relatos del rock: cincuenta años y uno más de ejercicio cultural, sonoro y narrativo que coexiste en la era de la pandemia

Por LCC y ME José Alejandro Rodríguez Guzmán

El vértigo del mundo en el que  vivimos nos arrojó a la catástrofe de la inmovilidad, la indiferencia, el individualismo, la ausencia, la marginalidad y el desprecio por todo o casi todo. La memoria como punto crucial de la existencia y de la vida misma, se ha perfilado como una síntesis o miniaturización de hechos o acciones que no procesamos racionalmente; acudimos a esos hechos o acciones de forma mediática, superficial y sin la debida relatoria crítica.

Al parecer, hemos sucumbido a la inmovilidad de la inmediatez digital y sus múltiples referencias (Facebook,Whats App, Instragram,Uber, Netflix, Spotify, entre otras); por otra parte, hemos llegado al punto crítico de ser indiferentes para convertirnos en opinólogos y todólogos de acontecimientos terribles, desde el crimen hasta la más redituable experiencia de vulneración humana, referida como algo simpático, normal, amoral y antitético; también nos hemos convertido en una especie indiferente al sufrimiento, a la necesidad elemental, a la atrocidad como espectáculo justificado como denuncia o reflexión; deambulamos ausentes, fantasmagóricos y ensimismados en nuestras preocupaciones antropomórficas como resultado de nuestra relación platónica e idílica con nuestras redes sociales y nuestro patrimonio diario: el teléfono celular y todos sus atributos; hemos llegado a un punto de marginalidad que va desde lo racial hasta lo profesional, el color de piel como atributo de inclusión o el sentido forzado de la sonrisa como evento inclusivo profesional, con toda la amenaza que ello pueda implicar.

Estamos en una edad de desprecio por todo y para todo, leer, escribir, pensar y hablar, se han convertido en un problema crucial del ser humano, que a diario nutre con desabasto su existencia cotidiana, vivimos en la era de los muertos vivientes, sin espíritu, sin pasión, sin intención, sin razonamiento, sin crítica, sin argumentación.

En este escenario, nos enfrentamos a una catástrofe pandémica, a una economía global y en recuperación, y estamos frente a una serie de temas ideológicos reproducidos a través de las fake news, teorías conspirativas y racismo. Algunos pensadores, como Slavoj Zizek han planteado la urgencia de una sociedad solidaria global, en la que podría otorgarse la opotunidad de acceder a un dominio público planetario del agua, el aire, los glaciares y las forestas.

Estamos frente a una realidad en la que dice, Noam Chomsky, no hay números reales de la pandemia inmersos en una catástrofe ambiental, en un estado de alarma en el que el contacto físico se ha convertido en un tabú. Al parecer, hay una tranquilidad silenciosa que nos amenaza.

Este silencio normalizado, es una significación del encierro, un encierro que en realidad no tiene lugar; porque nos estamos enfrentando a una realidad social de servicios entre humanos que la crisis sociosanitaria nos ha impulsado al extremo en el uso de plataformas corporativas. ¿Esto es normal? mucho se habla del síntoma de la normalidad, pero el escritor francés Michel Houellebecq, dice que, después de esta pandemia, de este universo vírico, todo seguirá siendo igual, pero un poco peor.

Probablemente, nos estamos convirtiendo en un mundo y en una sociedad, en el que gobernará la biopolítica y la vigilancia biométrica masiva. Quizá la medicina será una forma de politización, de control social, en un mundo en el que muchas realidades como el cambio climático, los incendios de bosques, la extinción de especies animales y vegetales, el aumento de temperatura, las hambrunas, las sequías, los terremotos, los huracanes, la migración humana y animal, nos conduzcan a resignifcarnos como especie, en la cúspide de una catástrofe pandémica.

En estos tiempos de COVID 19, la biometría será aliada del biopoder, quizá y en efecto, comencemos a vivir en un mundo diferente, en el que haya una vigilancia totalitaria a través de la tecnología de los smartphones y de las cámaras, para que reconozcan nuestra temperatura corporal. El mundo distópico del Gran Hermano nos alcanzó, habemos muchos Winston, preguntándonos que hay más allá de este universo tranquilo, silencioso, de esta narrativa que nos alcanzó.

Por lo anterior, me parece pertinente establecer que entre el año 2020 y lo que ha transcurrrido del 2021 , seguimos viviendo peligro y afrontando nuevos desafíos, pero podemos, al menos, celebrar diez discos de rock que fueron realizados en 1970 y que en este contexto, cumplieron sus primeros cincuenta años y un año más de relatorías, que con su imaginación y poder creativo se convirtieron en obras seminales para la comprensión de la cultura de masas. 

En el libro: La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, Walter Benjamin establecía que la colectividad humana se transforma a partir de su percepción sensorial; también enfatizaba, en que el aura es un entretejido especial de espacio y tiempo; es decir, el aparecimiento único de lejanía, por más cercana que pueda estar.

A la par de los nuevos desafíos que implica la pandemia del COVID 19, es preciso señalar que la música se convirtió en un agente de un sistema socioeconómico de producción. Al pasar los años, la tecnificación de los equipos de audio fue miniaturizada; de tal manera que,  la máquina y su uso cotidiano para escuchar música se ha convertido en una necesidad antropomórfica para el ser humano.

El ideal mitológico de la convergencia tecnológica llegó a su punto más elevado. Ya no son discos de vinilo, cassettes, discos compactos digitales;  la revolución musical logró innovar  la distribución y el consumo de  música de forma digital, también revolucionó al mundo, fragmentando  la obra musical, a partir de la tríada artista-obra-mercancía,

Esta modalidad expropió el interés por la obra completa del artista, la fragmentó, la banalizó y la llevó a un punto en que permea el éxito radiofónico o el sencillo de un artista o un grupo, siendo una nueva postura universal, uniforme, unidireccional y unívoca.

Se ha demostrado que la tecnología no determina la evolución histórica y el cambio social; sin embargo, puede adecuarse a las necesidades del ser humano. La convergencia tecnológica está inserta en la globalización y modifica las relaciones interpersonales a partir del consumo, la construcción de identidades virtuales, y la relación del hombre con la máquina y sus procesos culturales. La tríada artista-obra-mercancía, ya no genera el interés del público, la audiencia y la masa,  porque sus contenidos se han convertido en algo superficial, en algo efímero.

La convergencia tecnológica sugiere  que el mundo sea inmediato, virtual, selectivo, masivo, local y global, gobernado por las élites cosmopolitas. La cultura del rock está inmersa en dicha relación. Y después de cincuenta años y uno más, ya no es necesario ir a una tienda a comprar un disco, ya no es necesario acudir a esos santuarios en los que había cantidades descomunales de acetatos. Hoy la fórmula es simple: desde el hogar se puede acceder a catálogos, a listas de reproducción; la miniaturización de la obra y su fragmentación consolidan el nuevo sentido identitario de la cultura musical.

La distribución de los contenidos musicales del presente se han convertido en algo placentero. Los grandes monopolios de la música de manera unísona alzaron la mano y dijeron: queremos al mundo y lo queremos ahora. Son el delirio del streaming musical, son el Altamont de la era digital y son el símbolo del más recalcitrante imperio de la globalización, un lugar no apto para el marginal LP.

En la actualidad, vivimos en una simulación de la realidad, la imagen o las imágenes seducen, los diez discos de los que hablaremos en el presente trabajo, crean imágenes de confusión, de ausencia, que nos sujetan a una catársis de reflexión inmediata; por otra parte, considero que en el rock existe un indicio de arte, porque esta cultura musical del rock, evolucionó y se adaptó a los nuevos discursos y narrativas del mundo actual; así mismo, puedo decir, que dichas obras musicales son causa-efecto de una cultura de objetos, bienes y servicios dirigidos a audiencias disímbolas; por otra parte, dichos conceptos musicales y artísticos, se han convertido durante estos cincuenta años y uno más, en mitos y estereotipos, a través de los cuales se ha gestado una ideología, interpretada como consumo, síntoma de cambio y transformación.

En ese sentido, establezco que la cultura del rock, es en efecto, una narrativa profunda y sobre todo descriptiva de constructos simbólicos y emocionales. La cultura del rock y su narrativa, han producido seducción y diversificación. Desde mi interpretación, la narrativa desarrollada por el rock, posee un impulso atomizado e inherente a la audiencia, a la colectividad y a la interacción de la audiencia con la obra musical.

Bajo la consigna iterante, la cultura del rock y su narrativa, se ha convertido en un espacio socio-histórico, idílico, en una obsesión del coleccionismo, en una intensa diversificación de puntos de vista, análisis y críticas encontradas a la multiplicidad de géneros musicales y audibles, a partir de la experiencia de esta provocadora cultura.

Los discos de los que hablaré puntualmente en este ejercicio, están ordenados cronológicamente conforme aparecieron durante el año de 1970, y sobre ellos,  se comentará sobre su relación y vigencia de su narrativa frente a los pandémicos universos de-constructivos de la pandemia del COVID 19, el espacio y el tiempo del universo: Stay and home office, o la era de la biometría que está en nuestro universo existencial, como estallido de la impronta, nueva realidad.

Debo establecer que la selección de los discos para este ejercicio académico, está derivado por una razón grandilocuente: durante cuarenta y tres años he sido un actante sujeto a la cultura y a la masificación del rock, en dicha expresión, siempre he encontrado un nicho de reflexión a través de los múltiples discursos narrativos, que se han desarrollado en cualquier clase de jerarquización y significados para definir los exorbitantes géneros derivados del rock.

Por otra parte, en esa expresión grandilocuente, debo situar al lector que desde los seis años, he sido un ávido lector de revistas y libros de rock; así como, también he logrado acopiar una importante colección de discos, y he tenido la fortuna de asistir a muchos conciertos de rock, los cuales han sido una experiencia visual, sonora y emocional difícil de explicar; y por último, siempre he creído, que el rock y toda la cultura que hay detrás de esta experiencia narrativa, bien puede formar parte de un programa académico serio y profundo, pero esto último , solo los expertos podrán revisititarlo, discutirlo o incluso negarlo.

Este será un ejercicio honesto y genuino, sin la intención de manipular el gusto musical de nadie, no tiene el intento de provocar ninguna baja pasión, o derivar en algún alegato inconcluso; es tan sólo un trabajo que pensé, podría ser una pequeña aportación para celebrar el vigésimo aniversario de la Carrera de Ciencias de la Comunicación, que coordina la apreciable Maestra Miriam Iglesias Montes de Oca, y aprovecho para agradecerle el visto bueno que otorgó a este ejercicio académico-musical.

Algunos álbumes estarán acompañados con una ilustración original creada por Karina Rodríguez Guzmán, licenciada en artes plásticas de la UNAM y actualmente coordinadora del programa de estancias cortas de investigación en la facultad de química.

Morrison Hotel/Hard Rock Café, febrero 1970, The Doors

Título: Morrison Hotel. Técnica: Transfer de electrografía/papelAutor: Karina Rodríguez Guzmán 

Fue el quinto álbum de The Doors, obra de dimensión entre el rhytm and blues, el funk y el folk. Este trabajo nos asoma a una experiencia que denota la pesadumbre artística y emocional de los integrantes del grupo. Jim Morrison, Ray Manzarek, John Densmore y Robbie Krieger, se encontraban en disyuntivas sonoras y legales; además, había un halo de inconformidad por su trabajo anterior titulado: The Soft Parade.

El álbum en ciernes, fue un trabajo de la mano  del binomio: Paul A. Rotchild (productor) y Bruce Botnick (ingeniero de sonido), una fórmula exitosa a la vista del resultado musical del grupo.

Este álbum, se suma a las coincidencias narrativas del pandémico momento que vivimos. A lo largo de sus letras, hay una serie de expresiones que nos remiten a condicones análogas. En Road House Blues, el track inicial de este disco y con una fuerza vigorosa extraída del blues, nos advierte que “the future’s uncertain and the end is always near” (el futuro es incierto y el final siempre está cerca) y por ello, algo o alguien, debe salvar nuestra ciudad: “save our city”

En el segundo track, Waiting for the sun,  estridente corte, se evidencia el actual momento de muchas sociedades en peligro frente a su latente ausencia de gobernabilidad y carencia de democracia:standing there on freedom’s shore(parado en la orilla de la libertad), y en casi súplica o plegaria, el tercer track: Make me real, nos asoma al miedo o angustia mundana cuando afirma: cause im not real enough without you (por que no soy lo suficientemente real sin ti).

El track número cuatro, cadencioso ejercicio funk, nos relata a través de Peace Frog, una visión -quizá-surrealista, que probablemente nos alcanzó: there’s blood in the streets, its up to my ankles (hay sangre en las calles, me llega hasta los tobillos); blood on the rise, its following me (sangre en aumento, me sigue); por otra parte, el track número cinco, Ship of fools, nos asoma a la supervivencia, al delirio, a la angustia, quizá de un mundo abatido como el que vivimos, en medio de la incertidumbre: the human race was dyin out(la raza humana estaba muriendo) “no one left to scream and shout” (no queda nadie para gritar y gritar).

Para el track número seis, hay un grito incontenible, iracundo de la sociedad del encierro, que bien ejemplifica Land Ho, en esta canción se dice: “He said, son, im going crazy” (Dijo, hijo, me estoy volviendo loco), frente al vouyerista y posmoderno track número siete: The Spy, relatoria intromisoria a la intimidad por un panoptismo que seduce rítmicamente “I know you deepest secret fear, i know everything, everything you do” (conozco tu miedo más profundo y secreto, lo sé todo, todo lo que haces)

En el ocaso del álbum, un homenaje velado a Pamela Courson, pareja de Jim Morrison a través del track número ocho: Queen of the highway, parece un retrato casi nacionalista de lo ordinario, que en estos tiempos ha brotado excepcionalmente, aquí se dice: most beautiful people in the world” (la gente más bella del mundo) que lúdicamente se encuentra como ritual “dancing through the midnight whirlpool” (bailando a través del remolino de medianoche), y quizá el regreso al ritual, a la raíz del track número nueve: Indian Summer, pueda ser una cura al espíritu, que tristemente nos regresa a una realidad de abandono, orfandad y problablemente a un cotidianidad de esta pandemia: el abuso sexual,  que en el track nueve, Maggie M’Gill nos dice: “I ‘ve been singing the blues ever since the world began” (he estado cantando blues desde que comenzó el mundo)

Y sigue sonando…

Black Sabbath, febrero 1970, Black Sabbath

Álbum pletórico, hegemónico por sus sonidos estridentes, acerbo concepto musical e icónico del género heavy metal. Una obra oscura, nihilista, redentora, provocadora. Originarios de Birmingham, otorgaron a la cultura del rock un sonido omnipresente, único e identitario de toda una generación avocada al género del rock pesado. Ozzy Osbourne, Tony Iommi, Geezer Butler, Bill Ward; forjaron con este álbum, una obra de culto llena de riffs, blues y estridencia.

Han transcurrido cincuenta años y uno más, y es un ábum vigente, pletórico. Sin discusión alguna, es el epicentro de muchos grupos que a la par de Black Sabbath, fueron desarrollándose musicalmente. Pero, por ahora no seguiremos hablando de eso, porque nos ocupa hablar de la vigencia del álbum y su relación con este delirante momento que nos ha tocado vivir.

Título: Black Sabbath. Técnica: Litografía/papel. Autor: Karina Rodríguez Guzmán. 

En este álbum , hay una serie de referencias  próximas al ocultismo, álbum protagónico de influencia por su valor musical. En esta, su primera obra discográfica, posee un sonido ominoso, siniestras imágenes que relatan situaciones aterradoras relativas a la muerte y a la oscuridad; en ese sentido, esta obra es vigente y cobra relevancia frente al universo pandémico de la actualidad.

La atmósfera siniestra y oscura del álbum, nos asoma a frases contundentes como: “people running cause theyre scared” (la gente corre porque tiene miedo); “the people better go and beware” (será mejor que la gente se vaya y tenga cuidado); “demons worry when the wizard is near” (los demonios se preocupan cuando el mago está cerca); “he turns tears into joy” (convierte las lágrimas en alegría); “faces shine a deadly smile” (los rostros brillan con una sonrisa mortal); “chill and numbs from head to toe” (escalofrío y entumecimiento de la cabeza a los pies); “follow me now and you will not regret” (sígueme ahora y no te arrepentirás); “sorrow will not change your shameful deeds” (el dolor no cambiará tus vergonzosas acciones); “now the hole wide world is movin, cause there’s iron in my heart, i just cant’t keep from cryin” (ahora todo el mundo se  está moviendo porque hay hierro en mi corazón, no puedo evitar llorar); “the world today is such a wicked thing” (el mundo de hoy es una cosa tan perversa.

Y en efecto, estamos frente a un mundo que tiene miedo, en el que se debe tener cuidado, no podemos sonreír abiertamente, un mundo de lágrimas en el que la alegría quedó cegada, una pandemia de escalofrío, un virus que ha dejado dolor, en un mundo en el que el movimiento es sigilo y silencio; un mundo en el que la perversión del poder y la ambición nos arrojó a una oscura escalada, que al menos hoy no tiene fin. Este álbum, es considerado el primero de heavy metal, y está oscura y silenciosamente relacionado al trepidante contexto del COVID 19. La ráfaga de metal seguirá sonando…y seguiremos preguntándonos: ¿qué es eso que está parado frente a mí?.

Let it be, mayo 1970, The Beatles.

Un concierto de rock es una experiencia multisensorial. La masa reunida para gritar, cantar, aplaudir, silbar e idolatrar a sus demiurgos. Epístola, alagarabía y culto al mito. Un ritual de emoción y exacerbación, un diminuto momento para descargar cualquier tensión. Me pregunto: ¿Cuándo podremos ver otro concierto de rock bajo estas circunstancias?, en realidad, no lo he imaginado, porque en automático pienso en ese aviso universal: higiene, sana distancia, cubrebocas, públicos reducidos, y entonces me viene a la mente esa imagen universal, prístina, del memorable concierto alusivo al álbum en turno.

Cinco canciones, cuarenta y dos minutos. Lugar, azotea de las oficinas Apple, allá en el nebuloso y lejano Londres, durante enero de 1969. Ahí, en ese lugar, The Beatles ofrece un concierto para asombro de propios y extraños, en esos estudios, habrían de grabar un documental y un álbum ecléctico. El último álbum de la banda más grande de todos los tiempos: Let it be, The Beatles.

En esta pandemia, se ha convertido en un álbum que me acompaña, pero es una obra que ha estado presente en los últimos cincuenta años de la humanidad, y es un referente seminal de la cultura moderna.

Let it be conecta con la pandemia del COVID 19, sus relatos trémulos, implacables, aspiracionales, esperanzadores, sustanciales, y llenos de añoranza; nos conectan con la ruptura de la magia Beatle. Esos relatos, son símiles a este momento de tanto silencio, de enorme encierro; porque quisiéramos que esta pesadilla fuera exterminada; pero jamás hubiéramos querido que el sueño crepuscular de The Beatles, se apagara.

Let it be es un álbum  lleno de esperanza y nos invoca a la añoranza. Hace unos meses, nuestras vidas dejaron de ser las mismas. En Two for us “You and I have memories longer than the road that stretches out ahead” (tú y yo tenemos recuerdos más largos que el camino que se extiende por delante); hoy, a diferencia de Dig a Pony “I feel the wind blow” (siento el viento soplar), ya no podemos tan libremente sentir el viento; además, “Thoughts meander like a restless wind inside a letter box, they tumble blindly as they make their way across the universe” (los pensamientos serpentean como un viento inquieto dentro de un buzón, se tambalean a ciegas mientras atraviesan el universo)

Entonces, “And when the broken hearted people living in the world agree” (y cuando las personas con el corazón roto que viven en el mundo estén de acuerdo), probablemente

“I ‘ve got a feeling, a feeling I can’t hide” (tengo un sentimiento que no puedo ocultar); porque, “The long and winding road will never dissapear has left a pool of tears” (el largo y ventoso camino nunca desaparecerá, ha dejado un charco de lágrimas) y en nuestro subterfugio diremos: ¿Déjalo ser? o ¿Regresa?.

Son tiempos oscuros, Let it be, nos puede reconectar con esa esperanza.Gratitud eterna para John Lennon, Paul McCartney, George Harrison, Ringo Starr; nada cambiará nuestro mundo, decían…

Fun House, Julio 1970, The Stooges.

¿Cómo divertirnos en y durante la pandemia del COVID 19? La respuesta nos la otorga el hedonista y protopunk sonido de la música, de The Stooges. Fértil álbum que se asomó a través de Iggy Pop, Ron Ashelton, Scott Ashelton, Dave Alexander y Steve Mackay, producido por Don Galluci, a las vitrinas del extravío, abandono y amargura, de la resaca postaltamont.

En varios sentidos, Fun House, no tiene nada de divertido. El sonido crudo, avasallador, y hasta pesimista del álbum, nos hace mirar al encierro pandémico. Es probable, que The Stooges, logró con esta obra un discurso que emularon Nick Cave, Richard Hell y Black Flag.

Fun House, es un hito en la historia de la música, porque almacena riffs y sórdidos momentos durante sus presentaciones en el Tropicana Motel. Este álbum nos conecta, de inmediato, con ambientes sórdidos, cotidianos. Y justo, el mundo se ha convertido en una casa, pero no es divertida.

The Stooges, nos dicen que “down on the street where the faces shine” (abajo en la calle donde brillan los ojos) no hay esperanza, la colectividad es prisionera de su encierro; porque, “and now i’m putting it to you straight from hell” (y ahora te digo directamente desde el infierno) que hay un ojo de televisión surrealista que mira un gato…aburrición, presagio, sordidez; probablemente, el desafío de un tiempo impensable, y el impensable uso del tiempo en la ausencia de la cotidianidad.

En Dirt, nos dicen: “Im juts a dreaming this life” (solo estoy soñando esta vida), una vida de plegaria a los dispositivos digitales, en la mordaz ausencia del otro, de ese que decimos querer ver, pero no sabemos para qué o por qué. The Stooges, nos aproxima a esos desafíos placenteros de la negación trashumante.

Fun House, nos anticipa, de una realidad abrumadora: “we been separated, baby, for too long” (hemos estado separados, cariño, demasiado tiempo), el colapso del espacio-tiempo, se ha convertido en una transgresión emocional de los seres humanos frente al COVID 19.

El saxofón delirante de Mackay, nos relaciona con esos sonidos amorfos, simbólicos, de una sociedad sumida en el silencio, el extravío, el abandono y la amargura.

Detrás del ábum, no hay nada divertido, como tampoco hay nada simpático en el extravío mundano de los seres, que a diario, protagonizamos esa ausencia cotidiana. Fun House, se ha convertido, desde ya, en una fuerza sonora, que nos seduce a diario querer romper el grillete del cubrebocas, es un impulso indulgente que en la canción, 1970, nos dice: “All night till i blow away” (toda la noche hasta que me escape), y que conste, no es una sugerencia, mejor quédate en casa y disfruta: Fun House, a final de cuentas, todos en algún momento estamos de atar, igual que The Stooges.

Abraxas, septiembre 1970, Santana.

En el aire hay un halo. ¿Serán los vientos cantando o las bestias llorando?. Una colorida pintura, de carácter religioso, elaborada por el artista alemán Mati Klarwein, configuró una imagen icónica de religiosidad, sexualidad, reencarnación, e hibridación de sonidos y culturas, total y absoluto misticismo.

¿Qué hay detrás de este álbum? , pues encontramos un sistema, una estructura y códigos llenos de armonía, paz y culto a la naturaleza, ritmos latinoamericanos, que desafiaron a Woodstock, el legendario concierto veraniego de 1970, la ventana metafísica de Santana, para congratularse desde ese momento con muchos fieles que le rinden plegaria cincuenta años después.

Abraxas, el título del álbum, proviene de la literatura y la obra: Demian, de Hermann Hesse. Abraxas, es una expresión que hace referencia a la dualidad del bien y el mal. Este álbum cobra vigencia por su grado de espiritualidad, e incluso por su optimismo. Jazz, Blues y sonidos latinos, harán de esta obra primigenia, una experiencia audible y disfrutable.

Y en estos tiempos, de adolescencia, de esperanza, de desánimo, de carencia de fe, de ausencia de bondad y de empatía, cuando el mundo gira económicamente por la disyuntiva de reactivar o no sus industrias, empresas y negocios, de permanecer o no en semáforos preventivos o correctivos, Abraxas, la obra musical de Santana, nos otorga ese halo de vientos que cantan.

En la canción, original de Peter Green y Gabor Szabo, Black Magic Woman/Gypsy Queen “got me so blind i can’t see” (me tienes tan ciego que no puedo ver) hay un anuncio hipnótico, que nos golpea armoniosamente, con la consecución de Oye Como Va, de encarnizado antojo cual bailarin chamánico.

Santana, otorgó al mundo, un álbum esperanzador y religioso: “she told me she was tryin to find her away” (ella me dijo que estaba tratando de encontrar su camino); y con cierta reflexión nos advierte: “your eyes slowly fading” (tus ojos se desvanecen lentamente); “your mind full of tears” (tu mente llena de lágrimas); “searching for a good time” (buscando un buen momento) y todo con la esperanza de sentirnos mejor.

En tiempos de COVID 19, bien útil sería escuchar Samba pa ti, después, el álbum Abraxas nos dirá: se acabó, y en la eterna memoria, seguirá este plácido sonido que Carlos Santana, Gregg Rolie, Mike Shrieve, Dave Brown, Mike Carabello y José “Chepito” Areas, nos regalaron , para que al menos, por ahora, haya algo de esperanza.

 

Atom Heart Mother, octubre 1970, Pink Floyd.

Fue en el mes de marzo, del año 2020, cuando de repente todo se detuvo. La escuela, el trabajo, las industrias, las iglesias, los estadios, los teatros, las cafeterías, los restaurantes, los bares, los bancos, los centros comerciales. Y hubo un siniestro miedo, nos enfrentábamos a algo desconocido. Una pandemia llegó para resignificar nuestras vidas durante los siguientes meses.

En las calles, silencio, vacío, la nada se asomó desafiante. En alguna calle, apareció una vaca, alguien le llamaba por su nombre, una voz áspera gritaba: Lulubelle. De repente, un diseñador gráfico, se asoma a una ventana, y comienza a dibujar la vaca; en eso, el dueño del bóvido, le pregunta al hombre de la ventana: ¿Cómo te llamas?, -y el diseñador responde- Storm Thorgersson…

La portada del ábum a consideración, es una vaca pastando de nombre Lulubelle, el diseñador de la portada fue Storm Thorgersson; lo demás fue una imagen que mi mente construyó en medio de ese tiempo-espacio del COVID 19, del que todavía somos víctimas.

Atom Heart Mother, obra seminal del rock progresivo, es una experiencia exquisita, su sonido evoca a un torbellino de sonidos mecánicos, desesperanzados, cuerdas, metales, un órgano, coros; paulatinamente, configura una atmósfera de incertidumbre, un nebuloso ambiente de un presagio, un delirante caos en el fulgor de 1970, pero que suena tan cercano en este tiempo.

Una vaca, que durante cincuenta años ha sido un paradigma, una icónica imagen de la maternidad, de cierta inocencia arrebatada en una calma avasalladora. Roger Waters, David Gilmour, Richard Wright, Nick Mason, y el compositor avant-garde, Ron Gessin; grabaron esta obra maestra orquestada, magnánima e irresistible de la historia del rock.

Desde marzo del 2020 hasta octubre del 2021 hemos visto con asombro, resistencia, e incredulidad el certero freno a toda nuestra vida social, laboral y familiar. El COVID 19, se presentó frente a nosostros; así como la vaca Lulubelle, la surrealista imagen de la portada: Atom Heart Mother.

En estos meses, he pensado en esas frases tan elocuentes: “si me vuelvo loco; por favor, no pongas tus cables en mi cerebro”, “quisiera estar allá, el mañana traerá otra ciudad”, “y si te sientas, no hagas ruído, levanta los pies del suelo, y si escuchas como cae la noche cálida, del sonido plateado de una época tan triste advertencia de un estado al que estamos mimetizados, e iracundos, día tras día, en plena pandemia, todo se ha vuelto rutinario.

Nuestra escena favorita es la hora del desayuno: “jamón, huevos revueltos, salchichas, café, mermelada, cualquier cereal, pero el inicio es a las 10:00 am”, una laberíntica escena de casi veinticuatro meses  de duración, olores y sensaciones dismórficas. Hacemos una pausa, y pensamos en la “normalidad”, y justo a nuestro lado, está Alan y su desayuno psicodélico, disfrutando el torbellino mundano de la soledad, la premura y la ansiedad…

Led Zeppelin III, Octubre 1970, Led Zeppelin.

 

Título: Led Zeppelin. Técnica: Lápiz/tinta/papel. Autor: Karina Rodríguez Guzmán.

Un sonido que nos aproxima a la mitología del Valhalla. Ecléctico track número uno, del tercer álbum de Led Zeppelin. Estridente estallido de Robert Plant, Jimmi Page, John Paul Jones y John Bonham. How soft your fields so green can whisper tales of gore” (Cuan suaves tus campos tan verdes, pueden susurrrar cuentos de sangre), distantes de la mitología citada, esta expresión nos aproxima suavemente, a las múltiples historias narradas por personas cercanas, muy cercanas que se han enfrentado al COVID 19 como víctimas o cómplices de la desobediencia, el caos, el desabasto, la ingobernabilidad, la irresponsabilidad o la incredulidad.

En este contexto, los amigos y los festínes están de lado, ausentes y forman parte de una memoria colectiva y reciente. Friends, el track número dos, advierte: “the greatest thing you ever can do now, is trade a smile with someone who’s blue now” (lo mejor que puedes hacer ahora es intercambiar una sonrisa con alguien que ahora es azul). Sonreír, por ahora, no es lo más recomendable, y menos sin cubrebocas…

Led Zeppelin III, es un álbum que juguetea con sonidos del heavy metal, el blues, el country, el folk y el blue grass. Zeppelin, es un tributo a la grandilocuencia de la historia del rock, en este álbum audible en tiempos de pandemia, el track número tres: Celebration Day nos dice con claridad: “all the fears that she’s been hiding and it seems that pretty soon, everybodys gonna know” (todos los miedos que he estado escondiendo y parece que muy pronto, todos lo sabrán”, pero ¿el mundo y la sociedad, tienen miedo?

Quizá algunos tengan miedo, o quizá otros lo quieran desafiar. El universo musical de este álbum nos conduce lentamente a paisajes sonoros enriquecedores, y a la vez emancipadores de ideas, palabras y conceptos sustanciales de la actual “realidad”. Con tanta confusión, ya no sé que track estoy escuchando…pero recupero el track número seis: Gallows Pole “save me from the wrath of this man…hangman, hangman, upon your face a smile” (sálvame  de la ira de este hombre; verdugo, verdugo, en tu rostro uan sonrisa”, tácita referencia involuntaria a cualquiera que ha jugado con la salud de una nación…no se aceptan reclamos.

Ha llegado el otoño. Y pronto será invierno. La mitología del Valhalla, está muy lejana. Pronto será invierno, y podremos comer mandarinas. Tangerine, track número siete, dice: “does she still remember times like this” (¿todavía recuerda momentos como este?); sin embargo, hay tanto cansancio, muchos días pandémicos y mucha insensibilidad en todas las intituciones, públicas o privadas.“Workin from seven to eleven…it really make life a drag. I don’t think that’s right” (trabajando de siete a once, realmente hace que la vida sea un lastre, no creo que sea correcto) y así ha sido la crisis vírica. Plomo pesado, COVID 19. Que así, ya no sea…

 The man who sold the world, Noviembre 1970, David Bowie.

En el mes de enero del año 2016 escribí: The Thin White Duke dejó de existir. Multifacético, enigmático, experimental, transgresor, vanguardista, teatral, futurista, épico, creativo; son tan sólo, algunos adjetivos que no concluyen, ni limitan a un artista, de la historia de la música contemporánea, narrada y acontecida por el virtuoso, el esteta, el grandilocuente David Bowie.

El mundo seguirá coreando la ciencia ficción, el glamour, la metamorfosis de Aladin Sane, de todos sus fetiches, de todas sus analogías, pasarán más de cinco años, lustros completos para seguir resguardando el vivo sonido del Major Tom: ¿habrá vida en Marte?

Título: David Bowie. Técnica: pastel/gis/papel. Autor: Karina Rodríguez Guzmán.

Solo Bowie nos lo seguirá diciendo a pesar de ya no ser un invasor espacial. Murió Ziggy Stardust. Y entre tantos legados, ahí queda: El Ansia, Dunas, Laberinto; los cigarros Gitanes, los libros nazis; su estancia en Alemania para esa trilogía monumental: Low, Heroes, Lodger; su profunda relación con Lou Reed e Iggy Pop, sus pinturas, su intrínseca y profunda creatividad plasmada a través del Glam Rock, artífice de monumentales obras Kafkianas; el hito comenzó mucho antes de que, él mismo, e irreverente como siempre dijera: “esto no es rock and roll, esto es un genocidio”, mentado en aquel épico homenaje al 1984, de George Orwell, en el fantástico álbum Diamond Dogs; aquí seguirá la leyenda: Loving the alien…

Diecinueve años antes, en octubre de 1997, David Bowie se presentó por única ocasión en México, un monumental concierto en el llamado autódromo Hermanos Rodríguez (hoy Foro Sol); aquel concierto fue crepuscular, Bowie, todo un mainstream,  nos inundó durante aquella noche de otoño, con un recital que la memoria no ha podido olvidar.

Pero en 1970, realizó un ábum descomunal titulado: The man who sold the world, caústico título con toda la intencionalidad lírica de su maestría e imaginería. El álbum, nos perfiló a comprender que el envejecimiento era rápido, y al mismo tiempo, nos avisaba de un sueño monstruoso; un intento subordinado a la permanencia y a la negación a perecer con los hombres tristes, vagando libres.

La distopía de la narrativa de David Bowie, siempre estuvo cercana a la distopía que vivimos a través del COVID 19, porque algunos se han sentido en silencio, y otros piensan que será mejor irse, pero no saben a dónde. Imaginando un poco, Bowie, el esteta,  podría ofrecernos un recital en Streaming, que en tiempos víricos sería un aliento formidable, y nos diría: “la vida es demasiado fácil, una plaga parece bastante factible ahora”.

Luego, ataviado con vestimenta de moda, la cual siempre fue una expresión de su obra conceptual nos cantaría: “¿quién sabe?, ¡yo, no!, nunca perdí el control, estás cara a cara con el hombre que vendió el mundo”. Eterno, David Bowie.

Loaded, Noviembre 1970, The Velvet Underground.

Loaded, el cuarto álbum de The Velvet Underground, fue un álbum lleno de premura comercial exigido por su sello discográfico Atlantic Records, y es probablemente, en sonido, estilo y narrativa, el indicio de que Lou Reed, podría emprender una meteórica carrera como solista. En esta obra, intervinieron  Sterling Morrison, Doug Yule y Maureen Tucker, y desde luego, Lou Reed; este álbum con influencia beatlesca y dylaniana, será, a mi parecer,  uno de los últimos grandes momentos musicales de 1970.

Título: The Velvet Underground. Técnica: transfer de electrografía/papel. Autor: Karina Rodríguez Guzmán. 

Loaded, sin duda alguna, es todavía una clara muestra de un sonido que se asoma al punk, y que de la misma forma, influyó en bandas  de los años setenta como: The Talking Heads, The Modern Lovers, Television, Patti Smith, The Voidoids, The Heartbreakers, The New York Dolls, entre muchos otros. Pero la esencia narrativa de Loaded, más bien era un presagio, un grupo marginal, excluido; más bien, parece el sonido devastador de un presagio inminente.

En Loaded, hay un caústica crítica a la cultura hippie, sus letras nos dicen en Sweet Jean: “cause life is just to die” (por que la vida es solo para morir) , una especie de muerte silenciosa, una silenciosa angustia, una angustia sin más adejtivos. Otro track devastador, es Rock and Roll  “every time i put on the radio, you know there’s nothing going down at all, not at all” reflejo de un hastío que nos dice: cada vez que pongo la radio sabes que no hay nada en absoluto.

Loaded, es una referencia al consumo de la droga, es el comienzo de una nueva era, sumida en más incertidumbre que esperanza. Loaded es un alegato para encontrar razones, para vivir. Un álbum exquisito en depresión seductora que nos sumerge en este laberinto pandémico. Loaded, contadictoriamente, no carga ánimo, ni esperanza, ni optimismo…

Loaded, es nuestro álbum pandémico. No logramos estar en mood Loaded. Estrechos, derruídos frente a la incertidumbre, al parecer, sin rumbo fijo. ¿Pos moderno?

A estas alturas: ¿a quién le importa?. Loaded se despide de 1970. Nos visita cincuenta años después, en tiempos de COVID 19.

Y dejo el acetato, ahí, en una mesa: “necesito las calles de la ciudad y necesito tu luz”. Apago los sueños. Carga y más carga. Ahí se ve la marginalidad, el abandono y la soledad. Lou Reed cerró el telón…

Lizard, diciembre 1970, King Crimson.

King Crimson es la obra maestra del rock progresivo. Robert Fripp, el rey carmesí, el esteta de la guitarra, el artífice absoluto de la epistemología sonora de los últimos cincuenta años. Culto a Fripp, Crimson, súbdito de su sonido etéreo. Banda sonora de mi  vida.

En el álbum Lizard, tercero de King Crimson, Robert Fripp es acompañado por : Gordon Haskell, Mel Collins, Andy McCulloch, Peter Sinfield, Keith Tippett, Robin Miller, Marc Charig, Nick Evans, y Jon Anderson (cantante de Yes)

Lizard, es una obra conceptual, profunda, emocional. Sinfield, era el letrista de Crimson. Un poeta lleno de luz, imaginería y construcción de historias. Es un álbum anclado a lo prístino, a la esperanza, a la vida y a la muerte, a la relación con la naturaleza, es una fábula del derrumbe de la autoridad que lucha por negar a la justicia.

En el álbum, la amistad es una adulación negada para confrontar al otro, es una urdimbre del tiempo, es un absoluto azote al mundo que inquietante se anima a la inspiración poética. Lizard, es un álbum terso, inmediato y eclipsa los sentidos. Nos permíte cerrar los ojos e imaginar. Una obra perfecta para relajarnos de tanta atrocidad, de tanto COVID 19 y su devastación.

Es 2020, y de repente, se asoma el fantasma de un huracán, le llaman Delta. Es medianoche, y uso mi IPHONE de 360 gigas, escucho Lizard, estoy intentando tranquilizarme. Nunca he vivido en carne propia un huracán. Tampoco una pandemia. El encierro es abrumador, la humedad colapsa. Sigo atento y sigo escuchando a King Crimson.

De repente, veo una lagartija en el techo, camina y camina. La observo, y también observo la medieval portada del álbum Lizard. Es una curiosidad. Lizard-lagartija. Pandemia-Huracán. Un mundo de coincidencias y de relatorías. Lizard,  es una perpetuidad surrealista, nos hace despertar del voto vacío de las razones. Lizard,  tiene ecos de profetas encadenados para quemar máscaras…

Son las 04:30 am y la ventisca ha comenzado. El huracán Delta. Presagio. COVID 19, pandemia, y Jon Anderson sigue cantando: “por ahora las lágrimas de cristal…hacen sangrar los párpados del sábado”.

REFERENCIAS

 

  • Carey, J.(2007)¿Para qué sirve el arte?: Barcelona:Debate
  • Eco, U. (2006) Apocalípticos e integrados.México: Tusquets Editores
  • Dimery, R.(2005). 1001 discos que hay que escuchar antes de morir. Barcelona: Random House Mondadori
  • Dunne, J. (2010) The life of The Beatles in photography. London: Parragon Books
  • Gareth, T. (2011). David Bowie: The Ilustrated Biography. Hertfordshire: Transatlantic Press
  • Magris, C. (2008) El infinito viajar: Barcelona: Anagrama
  • Vázquez, R. (2008). Rock progresivo: México: Rock y Letras
Publicado en Horizonte Cultural.

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