El vacío

Por: Daniela Acosta

Un vacío, parece un acantilado. Sí, es un acantilado. Todo a mi alrededor parece volverse gris, lo cual solo puede significar una cosa. Todo inicia conmigo, tiene sentido que así termine.

Miro mis manos, todavía están a color. Un arma, olor a sangre, sed de venganza. Yo, solo en mi cabeza y en el vacío. Todo inicia conmigo, disparando. Todo inicia y termina así, excepto para mí.

Para mí comienza antes. Hace tan solo unas horas, cuando tomaba una taza de café negro antes de ir a trabajar. Como todas las mañanas, en un banco rojo, frente a una barra anaranjada. Un café negro, con dos de azúcar.

Nunca había intentado ponerle tres, y se me hacía inhumano ponerle uno. Solo eso es mi desayuno. Lo ha sido por…

Una campanada.

Mientras tomaba mi bebida en la manchada taza blanca, un poco rota y usada, me pregunté quién la había usado antes de mí. Casi podía sentir el fantasma de sus dedos, recuerdos en el aza.

Tuve suerte de que la siguiente campanada sonó, justo antes de que pudiera seguir y acabar con todo lo que había construido. Tomé un sorbo.

-Está frío.

-Está caliente.

Contestó la mujer detrás de la barra. Casi ocho años de conocerla y jamás le había preguntado su nombre. No estaba en el gafete, o quizá jamás había sido lo suficientemente decidido para notarlo.

-Está frío.

-Está caliente.

Otra campanada.

-De acuerdo.

Y entonces bebí el café de un sorbo. ¿Quién era yo para cuestionarla? Si lo bebía, entonces esa conversación quedaría en el pasado. Ella no podría seguir hablando del tema, a menos de que yo volviera a traerlo.

¿Pero por qué lo haría? Si el café estaba frío, al igual que lo había estado hace ocho años. Cada mañana. ¿Por qué cambiar hoy y arriesgarlo todo?

-Estaba frío.

Le sonreí, sin reconocerme a mí mismo en mis palabras.

Entonces me miró, sorprendida y sin entender si estaba bromeando. En ese momento sentí que el ruido de los automóviles afuera se había detenido y estaba seguro de que al menos todo el ruido en la cafetería había cesado.

Otra campanada.

-Buen día.

Me levanté dispuesto a irme, dispuesto a seguir con mi vida como la había llevado por todo este tiempo. Un momento de adrenalina era todo lo que necesitaba para pasar otros ocho años encerrado en mi propia mente. El ruido continuó, entendiendo conmigo que ambos estábamos de vuelta en la cotidianidad.

Si no hubiera sido por ella.

-Mi nombre es Sandra.

De nuevo silencio, me detuve en seco al escucharla, como si oyera su voz por primera vez en toda mi vida. Sudor frío escurriendo por mi espalda y deseando que las Industrias de la Mente casualmente se hubieran tomado el día libre, como si eso pudiera pasar.

Los sin rostro llegarían por ella en cualquier momento. Miré la puerta de nuevo, debía escapar. Debía hacerlo. Pero no quería. Sin encontrar fuerza en mí para irme, me volteé hacia ella.

– ¿Cómo recuerdas tu nombre?

La vi abrir su boca, palabras en la punta de su lengua. Esa esperanza que no sabía que existía aún volvió a mí, como un océano llenando mi cuerpo entero.

Expectante, esperé a que ella terminará su frase, sin darme cuenta de que por alguna razón no la estaba escuchando. La veía moverse, hablar frente a mí. Pero el silencio era tan agobiante que asfixiaba sus palabras.

– ¿Disculpa?

Ella sonrió, dándose la vuelta. Creí que volvería el ruido, pero no lo hizo. Por primera vez en ocho años deseé escuchar las campanadas, pero cuando el silencio duró más de diez segundos, supe que mi condena ya estaba escrita.

Miré mis manos. ¿Desde hace cuánto sostengo un arma? ¿Alguien me habrá visto? Miré de nuevo hacia arriba, Dolores ya no estaba. ¿O se llamaba Sandra? No importaba ahora. Ahora debía volver a lo cotidiano para volver a vivir.

La cafetería estaba vacía por primera vez. Guardé el arma en mi chaleco, sintiendo el latido de mi corazón, siendo tan alto como alguna vez lo fueron las campanas que sonaban en lo más profundo de mi cerebro. Ambas advertencias, que debí escuchar antes y moría por escuchar ahora.

Pensar y cuestionar el pasado o el futuro: Ambos crímenes para Las Industrias de la Mente, lugar en el cual he trabajado por ocho años, seis días y catorce horas. ¿Qué pasó antes? No lo sé, sería un delito el simple hecho de querer saberlo. Y el que pasará después ha sido arrebatado de mis manos, antes de que siquiera pudiera imaginarlo. Los recuerdos del futuro se ven borrados por lo cotidiano de la rutina.

Una vez el arma estaba en mi chaleco, me miré en el reflejo de la ventana. Me veía como siempre, nada fuera de lo común. ¿Entonces por qué no las escuchaba? Sonreí con nostalgia, era impresionante pensar que extrañaba las agobiantes campanadas que algún día deseé no volver a escuchar.

Comprobé no dos, sino tres veces que el arma fuera invisible para los ojos que no fueran míos. Por un segundo, incluso yo olvidé que la traía. Quise reír, pero no lo hice. Para vivir en una ciudad donde cada pensamiento es controlado, me encontraba bastante tranquilo.

Había escuchado historias, relatos que parecían estar hechos para asustar a un niño que no quiere quedarse quieto. Las armas te corrompen la mente, la distorsionan. Una vez la tienes en tus manos, puede que nada de lo que veas sea real.

O en el caso contrario, puede que al sostenerla veas claro por primera vez. Lo veas todo. Te veas a ti y lo que haces en este mundo. Sea cual sea el caso, cualquier persona que alguna vez haya contado esos relatos, recibió un disparo entre las cejas. Las reglas no estaban hechas para cuestionarse, sino para seguirse.

Y al líder le parecía insensato justificarlas con el miedo. Supongo que no había necesidad de asustar a las personas con falsas historias de terror, cuando la realidad era la que verdaderamente ponía los pelos de punta. Y él lo sabía. O ella. O eso. O lo que sea que fuera el líder.

Salí de la cafetería para dirigirme a las Industrias de la Mente, cuando me vi obligado a parar. Y por obligado me refiero a obligado. Mis pies ya no respondían a mi cerebro. Frente a mí, un solo agente de la mente, vistiendo de traje blanco y sin rostro.

Era incluso más fácil temerle a alguien al que no puedes verle la cara. Las personas en la calle caminaban como cualquier otro día, sin siquiera prestarle atención al agente frente a mí. Tenía sentido, solo el culpable puede ver al agente. ¿Pero de qué era culpable?

-Debe haber un malentendido.

Le hablé al sin rostro, silencio de nuevo.

-Seguí mi rutina al pie de la letra, no entiendo qué está sucediendo.

Silencio de nuevo. Estaba tan inmóvil que, de no haber sido por las historias que los demás contaban, habría creído que la criatura frente a mí no tenía vida. Ni pensamientos, ni corazón.

-Tres siete cero cuatro. Puede checar mi historial en la base, yo trabajo para-

Antes de que pudiera seguir, el sin rostro miró al cielo. Sabía lo que seguía, lo sabíamos los dos. Por ello, yo no quería mirar hacia arriba, no quería si quiera pensar en hacerlo.

-Por favor.

Mi voz salió baja, en susurro. Se me hacía inhumano rogarle a un ser que no podía escucharme que me perdonara la vida, cuando en su naturaleza estaba el destruirme por completo, para volver a construirme desde las cenizas. Consideré mis opciones en una fracción de segundo, solo había una posible salida.

-Tres siete cero cuatro. Está bajo arresto por el asesinato de-

-Yo no he matado a nadie.

Silencio de nuevo. Mis manos temblaban al mismo ritmo que el latir de mi corazón se hacía más y más fuerte. Le había hablado al líder, no al agente frente a mí. Mis palabras iban hacia él, aquel que no podía ver. Nadie podía, pero allí estaba, en alguna parte, viéndonos a todos.

-Tres siete cero cuatro. Está.

-No he matado a nadie.

De nuevo. Mis opciones se cerraban al segundo, debía pensar rápido. No quería hacerlo. No debía.

-Tres siete cero cuatro.

Una opción quedaba. Cerré los ojos esperando lo peor, llevando mis manos hacia mi gabardina, tocando el chaleco en mi pecho. Sentí con las yemas de mis dedos un rayo de esperanza, el arma estaba en mis manos.

Abrí los ojos ante el abrumador silencio. ¿Dónde estoy? ¿He muerto? ¿Podías morir sin darte cuenta? Esperaba al menos alguna especie de dolor al morir, pero… No, estaba vivo.

Estaba en El Vacío. Lo supuse desde que olí ese peculiar aroma a naranjas, lavanda y menta, elementos que, por cierto, no podías encontrar en ninguna parte de este lugar.

El Vacío era eso, un vacío para la sociedad y el individuo. Un acantilado, sin fondo. O quizá con fondo, pero que parecía interminable. Las piedras eran grises, no había aire. Parecía estar atrapado en un segundo interminable, una burbuja, en la cual todo está estático excepto yo. Caminé, porque eso era lo que me quedaba.

-Tres siete cero cuatro.

– ¿Qué?

Era tan molesto como lo suena. Ser seguido todo el tiempo, no poder ocultarte ni siquiera en tus propios pensamientos. Solo, pero siempre acompañado.

-Has sido despedido de Las Industrias de la Mente. Acompaña al agente para tener tu anulación de momentos.

Anulación de momentos. Siempre había odiado como lo decía.

-¿Para que borren mi memoria? No, gracias.

Silencio. Seguí caminando. Las suelas de mis zapatos y el piso rocoso siendo el único sonido audible en lo que parecía ser todo el universo. Pasos, el latido de un corazón, un acantilado y yo.

  • Número tres siete cero cuatro.
  • Quiero verte. Si van a borrar mi memoria, ¿por qué no puedo verte? Quiero conocer al tan mencionado líder, al que nadie puede ver, pero todos escuchan. A ti y a tus campanas, quiero verles.

Silencio. No esperaba que el líder fuera un cobarde.

  • Tres siete cero cuatro. Has perdido también tu hogar en los Pinos Nevados.
  • ¿Qué?
  • Tres siete cero cuatro. Ahora eres un fugitivo de asesinato. Por favor, acércate al agente AB43 para que inicien el registro de tu nueva vida.

Miré el arma de nuevo.

  • No quiero una nueva vida.
  • En las Industrias de la Mente, te estamos dando una oportunidad para-
  • Y como un exempleado suyo, la estoy rechazando. No les dan otra oportunidad a esas personas, lo sé porque yo no se las di.

Y seguí caminando.

  • ¿Qué quieres? Sino una nueva vida.
  • Saber quién arruinó MI vida. La que tengo ahora, o al menos tenía hace unos segundos. Eso quiero. Yo no asesiné a nadie, ni siquiera sé disparar esta cosa.

Silencio de nuevo. Silencio cuando lo que más necesitaba era una respuesta.

  • Líder, estás incriminándome. Yo jamás asesinaría a una persona. ¿Por qué habría de hacerlo?
  • Las respuestas las tienes tú.
  • Y tú estás en mi mente, así que las respuestas las tenemos ambos.

Llegué al final del camino. En la punta del acantilado, lo más alto, donde se suponía debías sentirte en la cima del mundo. Allí es cuando me di cuenta de que no podía caer más bajo.

Escuché pisadas, rápidas y agiles. Un agente. No, dos. Cientos. Ya era demasiado tarde. Miré el arma en mis manos, no sabía que debía hacer. Estaba encerrado, acorralado, pero sabía que todavía tenía una salida.

-Quiero verle. A quien arruinó mi vida.

Silencio absoluto. Frente a mí, a unos pocos metros, un hombre de pie mirando el vacío. Le apunté con mi arma, cansado. Mis pies me dolían de caminar entre las rocas y recuerdos.

-Baje el arma.

Los sin rostro hablaron. Todos al mismo tiempo, los miles de ellos o uno solo. No quería darme la vuelta para averiguarlo. Le quité el seguro al arma. Pistola negra como la obsidiana, temblando junto con mis manos.

-Date la vuelta.

Sabía que me había escuchado, pero no sabía si me haría caso o no. No sabía ni siquiera quién era la persona frente a mí, quien había arruinado todo para ambos.

-Date la vuelta.

Pedí de nuevo, con más calma. Teníamos todo el tiempo del mundo en El Vacío. Al menos hasta que el líder perdiera la paciencia.

-Baje el arma. Los sin rostro de nuevo. Sin dudarlo, apunté a la cabeza del hombre frente a mí, cuando escuché una risa familiar. No sabía de donde la recordaba, o si siquiera la conocía. Pero algo dentro de mí sabía que esa risa despertaba algo. No algo dentro de mi mente, sino dentro de mi corazón.

Entonces, se dio la vuelta.

-Baje el arma.

Los sin rostro pidieron, pero estaba demasiado ocupado como para preocuparme por ellos, incluso si mi vida dependía de sus decisiones.

Le miré, era como verme en un espejo. Reí, y entonces fue cuando reconocí esa risa, mi risa. Parado frente a mí mismo, de espaldas y de frente al vacío.

– ¿Qué clase de juego es este?

Susurré, esperando una respuesta del líder. Silencio, por supuesto. No hablaría ahora.

-Baje el arma por su seguridad. No es muy tarde.

¿Desde cuándo a los sin rostro les preocupa mi seguridad? Agentes sin recuerdos, máquinas vivientes con corazón que aún late, pero muy poco. ¿Qué habría de interesarles yo a ellos?

– ¿Ustedes lo ven?

Yo negué con la cabeza. Pero no yo, sino él. Yo, parado justo al filo del acantilado. Con una gran sonrisa en el rostro.

– ¿Solo yo puedo verte?

-Así como solo yo puedo verte a ti.

En ese momento solo quería una cosa. Y no era la verdad, ni una mentira. No era que me dejaran en paz y mucho menos era morir. Solo quería probar de nuevo ese café frío, que seguramente jamás volvería a probar.

-Baje el arma.

En la nostalgia lo entendí todo. Las historias, los relatos. Los sin rostro, todos nosotros.

-El líder no es un asesino.

Reí, sorprendido de las palabras que salían por mi boca. En su trágico y enfermo juego, siempre ganaba por una sola razón. La psicosis del culpable.

-Nosotros lo somos.

Y entonces disparé. Caí al vacío, mientras miraba como caía al vacío. Ya no escuchaba mi corazón, ni el ruido de las campanas del líder. Yo, ya era libre. Tan libre como podía serlo. Como quería serlo desde siempre.

Un vacío, parece un acantilado. Sí, es un acantilado. Todo a mi alrededor parece volverse gris, lo cual solo puede significar una cosa. Todo inicia conmigo, tiene sentido que así termine.

Miro mis manos, todavía están a color. Un arma, olor a sangre, sed de venganza. Yo, solo en mi cabeza y en el vacío. Todo inicia conmigo, disparando.

Puedo sentir algo en mi cabeza, no mi mente, ni campanas. No. Una bala. Lentamente, todo pierde color, pero ahí fue, en el acantilado, cuando yo comencé a sonreír. Como si fuera la primera vez, cuando justamente era la última.

– ¿Cuál es mi nombre?

-Elijah.

Silencio absoluto.

Publicado en Narrativa transmedia.

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