«La vida entre pantallas y burbujas digitales»

Miriam Iglesias*

Hace un año que migramos casi toda nuestra vida al espacio virtual. Gracias a la pandemia por COVID-19 hemos visto alteradas y modificadas todas nuestras actividades, modos de ser y estar en el mundo. Nuestras prioridades han cambiado, nuestra visión de la vida, la salud, la familia el entorno y el futuro también, así como nuestras interacciones.

Hemos resuelto el trabajo y la educación con el modelo home office, algunos lo hemos hecho bien dentro de las posibilidades, nos adaptamos y actuamos con resiliencia, lo que implica no sólo la adaptación, sino la capacidad de salir adelante en condiciones adversas. Por supuesto que la circunstancia global nos alcanzó y golpeó a todas y todos, sin importar edad, clase social, ideología, territorio o religión y además, nos golpea de diferente manera, según nuestras propias circunstancias, sobre todo de salud o condición económica, a todo eso hay que sumar la preocupante brecha digital que se ha profundizado. Según el INEGI:

En un discurso muy elocuente el actual presidente de Uganda, Kaguta Museveni, compara la pandemia con lo que podría ser una guerra, pero en este caso es peor:

“En una situación de guerra, nadie le pide a nadie que se quede en casa. Usted se queda en casa por elección. De hecho, si tienes un sótano, te puedes esconder allí, mientras persistan las hostilidades. Durante una guerra, no insistes en tu libertad; voluntariamente la abandonas a cambio de sobrevivir. Durante una guerra, no te quejas del hambre. Si tienes hambre, reza para que vivas, para poder volver a comer (…) El mundo se encuentra actualmente en un estado de guerra. Una guerra sin armas y balas. Una guerra sin soldados humanos. Una guerra sin fronteras. Una guerra sin acuerdos de alto al fuego. Una guerra sin una sala de guerra. Una guerra sin zonas sagradas (…) El ejército en esta guerra no tiene piedad y sin ninguna bondad humana. Es indiscriminado: no respeta a los niños, a las mujeres ni los lugares de culto. Es un ejército invisible, despiadado y despiadadamente efectivo. (…) Afortunadamente, este ejército tiene una debilidad y puede ser derrotado. Solo requiere nuestra acción colectiva, disciplina y paciencia. El COVID-19 no puede sobrevivir al distanciamiento social y físico». Por eso es un acto de responsabilidad y compromiso con los demás mantener lo mejor posible las medidas de higiene y de aislamiento social que son la mejor estrategia para cortar con la pandemia.

En esta «guerra» se ha perdido mucho, pero también hemos ganado, estamos valorando de diferente manera las cosas importantes y valiosas de la vida, la naturaleza ha tenido un respiro y sí la tecnología ha sido de gran ayuda en este proceso, ya que nos ha permitido seguir conectados, ya sea para trabajar desde casa, estudiar y, sobre todo, estar en contacto con nuestros amigos y seres queridos. Que es cansado, si, que necesitamos el contacto social, los paseos, las reuniones con los amigos, viajar sin miedo ¡claro que si! Pienso en los niños y niñas, que estaban acostumbrados a jugar en el patio de la escuela, en los jóvenes que salían a fiestas, al cine, a ver a los amigos o novios, a pasear sin restricciones. Pienso en ellos y se que la están pasando muy difícil, hay ansiedad, tristeza, insomnio y depresión. Y los padres que han perdido trabajos o negocios y en las madres de niños pequeños que se les ha triplicado el trabajo en casa, ayudando con la escuela a distancia y las tareas del hogar, pero sobre todo pienso en los que han perdido a sus familiares.

Las pantallas y los cuadernos

Así es como estamos hoy, viviendo nuestra vida entre pantallas y burbujas digitales, brincando de una plataforma a otra, resolviendo el trabajo y la escuela en el espacio privado, hemos tenido que aprender muy rápido a generar estrategias para mantenernos activos y sanos en esta circunstancia.

Nuestros espacios privados se han visto trastocados por esta «nueva normalidad», la sala es también la oficina, el comedor se ha convertido en el aula de clase, en la recámara vemos series, chateamos o estamos con el celular revisando las redes.

La recámara como aula

La línea entre lo público y privado se ha vuelto borrosa, si antes era un límite débil, ahora se ha desdibujado; el espacio privado está limitado a las actividades domésticas más esenciales, todo lo demás transcurre entre pantallas, la gestión del tiempo es diferente y hay que aprender a organizarlo con disciplina. Por otro lado, surge con mucha fuerza la preocupación por asuntos como la protección de la privacidad, la ciberseguridad, las fakenews y la infodemia. La tecnología nos ayuda a vivir bien, pero es necesario mantener una buena y constructiva interacción con los demás. Vivimos en burbujas digitales, pero hay que mantener las relaciones significativas y tener cuidado de no aislarnos mental y emocionalmente.

Esperamos que este espacio digital y horizontal , que estamos reiniciando en una nueva etapa, sea fructífero y sirva para reflexionar juntos sobre lo que nos inquieta ahora y en el futuro próximo. Hay muchos temas de impacto en la cibersociedad, en la que se ha vuelto vital la mediación de la tecnología y la comunicación.

Todo está cambiando y debemos prepararnos para superar esto que va a pasar como han pasado otras crisis, pero debemos ser pacientes y aprender varias lecciones para vivir mejor en el caos de este mundo globalizado.

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